La llamada moda bootleg, que empezó como una moda callejera basada en reproducir o modificar irónicamente logotipos y tipografías, se ha convertido en un fenómeno global y en un asunto recurrente para las grandes empresas de moda. A diferencia de la falsificación tradicional, que busca engañar al consumidor replicando un producto original, la moda bootleg se sitúa en una zona gris entre la parodia y la infracción. Si bien para muchos diseñadores constituye una forma de expresión, para los expertos legales estas prácticas suponen un riesgo real al explotar sin autorización signos protegidos que representan una parte esencial del valor de las empresas.
Aunque el bootleg no pretenda hacerse pasar por el original (matiz importante, ya que lo distingue de la falsificación), su impacto legal en las empresas propietarias de dichas marcas sigue siendo significativo. Entre las implicaciones más relevantes, se encuentra la posibilidad de infringir simultáneamente los derechos de marca, diseño y autor. La clave jurídica no radica tanto en el riesgo de confusión, sino en la explotación indebida de la reputación ajena y la dilución de la marca. Lo anterior adquiere mayor relevancia en el sector del lujo, donde la exclusividad es el activo más valioso de dichas empresas, motivo por el cual las modificaciones no autorizadas pueden erosionar la marca y comprometer la percepción de calidad.
Ante la dificultad de contener esta nueva vertiente creativa, la estrategia de las grandes marcas está evolucionando hacia la colaboración. En este sentido, están optando por formalizar acuerdos de licencia con los creadores de estas reinterpretaciones, que les permiten mantener el control sobre el uso de sus signos distintivos, asegurar los estándares de calidad y limitar el volumen de ventas para no diluir su exclusividad, transformando así una potencial amenaza legal en una oportunidad de negocio.