Derecho de marcas frente a los deepfakes: el caso Matthew McConaughey

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El avance de la inteligencia artificial (IA) generativa ha intensificado el debate jurídico en torno a la protección de la identidad personal. La capacidad de estas tecnologías para imitar con alto grado de verosimilitud la voz, la imagen y los rasgos distintivos de personas reconocibles ha multiplicado los riesgos asociados a los deepfakes, especialmente cuando se emplean sin autorización y con fines comerciales.

En este contexto, Matthew McConaughey ha adoptado una estrategia jurídica poco habitual. El actor ha registrado como marcas determinados elementos vinculados a su identidad pública, incluyendo grabaciones de su voz, fragmentos audiovisuales y la expresión “All right, all right, all right”, popularizada tras su aparición en la película Dazed and Confused. Las solicitudes han sido aprobadas por la United States Patent and Trademark Office y buscan anticiparse a usos no consentidos derivados del desarrollo de la IA.

A diferencia de otras respuestas habituales frente a los deepfakes, esta iniciativa no parte de la existencia de una infracción concreta. Su finalidad es preventiva: establecer un marco jurídico que permita al actor controlar cualquier utilización futura de su imagen o su voz en contextos comerciales, incluso cuando dicha utilización no implique una reproducción literal de una obra preexistente.

Tradicionalmente, la protección de la imagen y la voz se ha articulado a través de los derechos de la personalidad, el derecho de autor y los mecanismos contractuales de licencia. Sin embargo, la inteligencia artificial plantea importantes dificultades para la aplicación de estas categorías. En muchos supuestos, los sistemas no reproducen directamente una obra protegida, sino que generan contenidos nuevos a partir de modelos entrenados con grandes volúmenes de datos, lo que complica la acreditación de una infracción clásica.

Es en este escenario donde el derecho de marcas adquiere una relevancia particular. A diferencia del copyright, la protección marcaria no exige una copia sustancial de una obra concreta, sino que se centra en evitar usos no autorizados que exploten la notoriedad, el prestigio o la capacidad distintiva asociados a una marca. En relación con personas famosas, este enfoque permite actuar frente a usos comerciales de la identidad que puedan inducir a confusión o implicar una apropiación indebida de su valor económico.

Diversos especialistas han subrayado que el impacto de los deepfakes sobre celebridades no es únicamente reputacional. Cada uso no autorizado de la voz o la imagen puede suponer también una pérdida económica directa, al sustituir licencias que, de otro modo, podrían haberse negociado de forma legítima.

Aunque McConaughey no es el único afectado por este fenómeno, su aproximación resulta singular. Otras figuras públicas han sido objeto de contenidos generados por inteligencia artificial sin consentimiento, pero la respuesta predominante ha sido reactiva, basada en retiradas de contenido o acciones legales posteriores. En contraste, el recurso al derecho de marcas introduce una lógica de control ex ante, orientada a reducir la incertidumbre jurídica en un entorno tecnológico en rápida evolución.

Resulta igualmente relevante que el actor no adopte una postura de rechazo frontal frente a la inteligencia artificial. De hecho, participa en una empresa especializada en modelado de voz mediante IA que ha desarrollado una versión sintética de su voz con autorización expresa. Este enfoque pone de relieve una distinción clave en el debate actual: la cuestión no es prohibir la tecnología, sino regular su uso a través de mecanismos claros de consentimiento, atribución y licencia.

El caso plantea interrogantes relevantes para otros ordenamientos jurídicos, en particular en el ámbito europeo. Cabe preguntarse si una estrategia similar podría articularse combinando derecho de marcas, derechos de imagen y normas de competencia desleal, así como su encaje en el marco del futuro AI Act. Asimismo, surge la cuestión de si la identidad personal está comenzando a configurarse como un activo jurídico autónomo, susceptible de registro, explotación y defensa frente a terceros.

En un contexto de creciente comercialización de identidades digitales, la iniciativa de Matthew McConaughey anticipa una posible evolución del derecho frente a la inteligencia artificial. Su estrategia sugiere que, ante tecnologías capaces de reproducir la voz de una persona sin su intervención, la protección jurídica dependerá cada vez más de la capacidad de los titulares para anticiparse y utilizar de forma creativa las herramientas existentes.

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